Páginas vistas en total

viernes, 15 de julio de 2016

"Mi querida enemiga", una novela bien escrita




Por JOSE MIGUEL ALZATE

Si algo sorprende de “Mi querida enemiga”, la novela de Julián Chica Cardona que obtuvo el Premio Nacional de Novela Ciudad de Pereira, es el afortunado manejo del personaje narrador. En la obra del escritor oriundo de Filadelfia se advierte, desde el principio, un narrador en primera persona que le comunica al lector, en un lenguaje con contenido erótico, esas sensaciones extrañas que el personaje vive cuando sale a recorrer las calles de Pereira - la ciudad que se convierte en el espacio geográfico de la novela - para encontrarse con su hermana Frida. En esta novela se descubre un narrador fornido, que sabe cómo utilizar los recursos del lenguaje para imprimirle ritmo a la narración.  Es decir, esta escrita en un lenguaje fresco, que por su calidad narrativa induce a leerla. 

Félix Antonio Mendiguren Marmolejo, el ingeniero que hereda de sus mayores una cantera que le permite darse una vida de conquistador empedernido, es un personaje de complejidades sicológicas.  En esa narración que hace de momentos intensos en las relaciones de pareja, el personaje narrador se adentra en los conflictos humanos para contar una historia que si bien no tiene eso que José Miguel Oviedo llamaba momentos de intensidad dramática, logra entretener al lector por la calidad de la narración, y por ese erotismo de excelente factura que asoma en sus páginas.  En esta obra Julián Chica Cardona demuestra que tiene el talento literario suficiente para escribir una novela de mayor profundidad temática, donde invente ficciones arraigadas en la realidad. 

“Mi querida enemiga” es una narración más bien lineal, sin aportes novedosos desde el punto de vista estructural, donde la técnica cede ante el encanto del lenguaje. Pero, eso sí, es una novela muy bien escrita, donde el autor alcanza instantes de esplendidez literaria. Julián Chica Cardona logra seducir al lector con una narración ajustada a parámetros estéticos. Hay momentos en la novela donde se revela esa capacidad del autor para construir frases efectistas, con contenido artístico. Aunque peca un poco en el dequeísmo, sobre todo porque omite el “de” cuando el “que” lo requiere para darle casticidad a la frase, la prosa no pierde encanto literario. El escritor sabe condensar las palabras para construir párrafos bien logrados. Se vale de metáforas para darle al relato consistencia poética. 

El título de la novela de Julián Chica Cardona hace pensar en una historia donde confluyen personajes que en determinado momento se van a enfrentar para arreglar sus diferencias. Como nombre, “Mi querida enemiga” le vende al lector una idea falsa. Todo porque lo que sucede al interior de la novela no es expresión rotunda de conflictos personales. ¿Quién puede ser la querida enemiga a que hace referencia el título? El lector no lo descubre fácilmente. Los personajes femeninos tienen en la novela una connotación más bien freudiana. ¿Se podría pensar que es Frida, la hermana del personaje narrador, la enemiga? No hay momentos en la historia narrada que marquen a este personaje femenino dentro de ese contexto. Es decir, el rostro de la enemiga no se advierte en el relato. 

En “Mi querida enemiga” no se encuentra el lector con una novela donde se trabaje con interés eso que James Joyce llamó alguna vez nudo, desarrollo y desenlace. ¿La razón? A la obra le hace falta hilo argumental. Además, no son muchos los personajes que en la historia cobren vida propia. Por ejemplo, la novela se queda corta cuando el personaje narrador cuenta cómo se encontró en el avión con una hermosa rubia que lo conquista para, después de darle escopolamina, apoderarse de sus pertenencias. El relato, no obstante tener aristas interesantes, deja muchos hilos sueltos. La técnica de contar desde otro segmento de la narración la forma cómo fue dejado abandonado no es convincente. Como no lo es la relación del protagonista con la hija de su amante.

En “Mi querida enemiga” los diálogos tienen contundencia verbal. Sin embargo, la novela adolece de eso que Mario Vargas Llosa califica, en “Cartas a un joven novelista”, como poder de persuasión. Todo porque lo único extraño que vive el protagonista es haber sido víctima  de una mujer que, después de seducirlo, lo despoja de sus objetos de valor. En la narración de este suceso, Julián Chica Cardona no utiliza todas sus destrezas narrativas. Además, la historia de Frida cuando, al final de la novela,  se cree que va a tener con el hermano una relación incestuosa, se corta abruptamente cuando aparece en el cuarto la amante. Del autor de “Mi querida enemiga” debe esperarse, en un futuro, una novela donde despliegue todo su talento como narrador. En su alma habita un excelente escritor.

Un buen poeta caldense




Por JOSE MIGUEL ALZATE

A veces uno descubre libros que lo sorprenden. Sobre todo cuando se encuentra una voz que alude a temas como el olvido, la existencia, la soledad, la desolación y la muerte.  Dicho en otras palabras, cuando se revela un autor que, por los lamentos de sus versos, toca las fibras más íntimas del alma. Así como existen poetas que tienen la magia para exaltar el cuerpo de una mujer o para cantar las excelsitudes del paisaje, hay otros que logran conturbar los sentidos con la frescura de su lenguaje y, desde luego, con el tono que le imprimen a sus versos. Los primeros hacen del idioma una herramienta para expresar su emoción ante la belleza; los segundos toman la palabra para transmitirle al lector, con una voz que trasciende por su fuerza cósmica, su angustia frente a la vida.

Esa sorpresa me la ha deparado la lectura del libro “Poemas viajeros y recónditos”, de Gustavo Loaiza Loaiza, un poeta oriundo de Anserma. La obra, publicada por la biblioteca de ese municipio del occidente caldense, recoge en 125 páginas 48 poemas escritos con el alma lacerada por sufrimientos interiores. El poeta Juan Alberto Rivera, su prologuista, dice que los versos de este poemario son “más que un canto a la existencia misma”. Agrega que aquí las palabras se elevan sin alas y sin distancias porque son la expresión de un hombre que mira la vida con una resignación que infunde en el lector admiración.  Leyéndolo, uno recuerda este verso de su coterráneo Edgardo Escobar: “Hacer poemas es permitir que las palabras hagan hueco en nuestras vidas”.

Y hueco en su vida es lo que hacen los versos de Gustavo Loaiza Loaiza. ¿La razón? El poeta lanza a veces imprecaciones contra la existencia, como manifestando un dolor intenso que sacude su alma. Lo hace en Elegía I, un poema corto donde se duele por la temprana muerte de su hijo. Oigámoslo: “Como proseguir con este corazón cansado/, si hasta la luz de mis ojos te llevaste?/ Toda mi sangre fue vertida en ti/ y un huracán de congojas/ se pasea ahora/ por los acantilados del alma/.  En este poema el lenguaje tiene un sacudimiento interior. Algo que se repite en el poema Escape, cuando se pregunta, angustiado: “Si no muero, Señor, por qué esta lanza en mi costado?/ Ya no cabe el dolor en tanta herida/ ni puedo huir de tanta sombra/. 

Hay que decirlo: en el alma de Gustavo Loaiza Loaiza habita un buen poeta. Lo revelan estos versos donde la voz del vate tiene estremecimientos que sacuden al lector. Desde los títulos mismos, estos versos hacen mención a la experiencia del hombre sobre la tierra. Hay en ellos una angustia contenida, una expresión de dolor, un grito desesperanzado. Así lo dice en el poema Oración Profana: “Un ángel me partió en dos/ y nunca volveré a ser uno/. Una parte de mi/ rueda sobre peñascos de rencores/ y otra golpea sin alma/ en la roca estéril de la nada/. La voz de Gustavo Loaiza Loaiza está impregnada de un sentimiento de desolación que parece salir del fondo del alma para cantar su angustia de hombre acostumbrado al dolor.

Por la desazón interior que expresa en muchos de sus poemas, el autor de “Poemas viajeros y recónditos” pertenece a esa escuela que, siguiendo la huella de Porfirio Barba Jacob, forjaron en Caldas poetas como Fernando Mejía Mejía y Javier Arias Ramírez, cuya voz desolada trascendió más allá de nuestra comarca por la fuerza huracanada de su poesía. Loaiza Loaiza alcanza momentos de intensa emoción en esos poemas donde canta a la amada con un dejo de nostalgia por su partida. Veamos el poema Cuando tú me amabas: “Ahora, con el alma/ en el pecho congelada/ sé cómo morir de olvido/ en la fatiga de la espera/. Nótese en los versos transcritos en este artículo cómo el poeta no hace uso de figuras literarias comunes en autores que expresan su angustia con tono parecido.

En la solapa del libro se dice que Gustavo Loaiza ha publicado dos obras: “Cuando mi sol haya partido”(1997), y “Sueños interiores”,(1999). Lo que uno extraña es que su nombre no aparezca en el libro “Literatura de Caldas 1967-1997”, de Roberto Vélez Correa, siendo un poeta de la talla de Augusto León Restrepo, Herman Lema, Edgardo Escobar, Jaime Ramírez Rojas y Alcy Doney Calle. La suya es una voz auténtica, que trasciende por su tono escéptico. Una recomendación final al autor: no queda bien escribir en mayúscula la palabra inicial del renglón siguiente cuando no existe el punto aparte. Esto le quita estética al libro. Como tampoco queda bien no abrir el signo de interrogación cuando el verso termina en pregunta. Ojalá tenga en cuenta estas sugerencias.

lunes, 6 de junio de 2016

Relaciones endogámicas en "Cien años de soledad"



Por JOSE MIGUEL ALZATE

En los primeros capítulos de Cien años de soledad Gabriel García Márquez narra el temor que siempre tuvo el viejo José Arcadio Buendía de que, como consecuencia de las relaciones entre primos, de pronto en la familia naciera un hijo con cola de cerdo. No era un temor infundado. El esposo de Ursula Iguarán tenía conocimiento de que una tía de ella, que se había casado con un tío de él, tuvo un hijo que vivió 42 años con una cola cartilaginosa “que nunca se dejó ver de una mujer”. La ocultaba en unos pantalones englobados. Era una cola de cerdo que lo llevó a morir a esa edad en estado de virginidad. Falleció cuando un carnicero se la cortó “con una hachuela de destasar”. 

Esta es la primera referencia que aparece en Cien años de Soledad sobre relaciones endogámicas. Gabriel García Márquez da a entender que en los tiempos en que el pirata Francis Drake asaltó a Cartagena se presentó la primera relación de este tipo. La bisabuela de Ursula Iguarán se casó con el primer José Arcadio Buendía. Aunque no narra que eran primos, deja en el lector la idea de que sí existía esa relación de familia. Todo porque la mamá del personaje citado en el párrafo anterior era descendiente directa de este matrimonio. Que el hijo naciera con una cola en forma de tirabuzón es prueba contundente de que entre la bisabuela y el primer José Arcadio existía un lazo de familia. 

El temor de que naciera un hijo con cola de cerdo lo manifestó por primera vez la mamá de Ursula. Se lo advirtió después de que se casó con José Arcadio Buendía sin hacer caso a quienes trataron de impedirlo. Ella la aterrorizó “con toda clase de pronósticos siniestros sobre su descendencia”. Tanto, que logró que ella rehusara consumar el matrimonio. Para lograrlo, Ursula se ponía, antes de acostarse, un pantalón “que su madre le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas”. Temiendo que José Arcadio la violara dormida, cerraba el pantalón por delante “con una gruesa hebilla de acero”. Esta fue la razón por la cual en Macondo empezó a rumorarse que José Arcadio Buendía era impotente.

Hay una relación endogámica en la novela que no alcanza a consumarse. Arcadio, el hijo que tuvo José Arcadio con Pilar Ternera, ignorando que ella es su madre, se le aparece en la casa para proponerle que hagan el amor. Ella le contestó que eso era imposible, pero no le dijo por qué. Ante la negativa, él le enrostró su pasado. Entonces Pilar Ternera le sugirió que esa noche dejara la puerta de su cuarto sin tranca, que ella lo visitaría. Pero la que apareció fue Santa Sofía de la Piedad, una mujer a quien ella le ofreció cincuenta pesos para que lo hiciera feliz. Arcadio se dio cuenta del engaño cuando notó que “no olía a humo sino a brillantina de florecitas”.

Ursula Iguarán también alimentaba el mismo temor de su esposo por las relaciones sexuales entre familiares. Como veía que en la casa se vivía un ambiente donde los hermanos querían poseer a las hermanas, antes de morir elevó oraciones a Dios para pedirle que impidiera que actos de esta naturaleza ocurrieran entre los suyos. Ella tenía fresca en la memoria la tarde en que encontró a Aureliano José, el hijo de Aureliano Buendía con Pilar Ternera, besándose con su tía Amaranta en el granero. Sin sospechar nada, Ursula solo atinó a decirle: “Quieres mucho a tu tía”. El, asustado, contestó que sí. Ese día Amaranta decidió cortar la relación.

En los capítulos finales de Cien años de soledad se narra cómo el último Aureliano, el hijo de Meme y Mauricio Babilonia, aprovecha que Amaranta Ursula sale del baño “con una toalla enrollada en la cabeza” para, tomándola por sorpresa, hacer el amor con ella. De esta relación nació el hijo con cola de cerdo que los padres de la estirpe habían advertido. Se la descubrió la comadrona que atendió el parto cuando, después de cortarle el cordón umbilical, “se puso a quitarle con un trapo el ungüento azul que le cubría el cuerpo”. Al voltearlo boca abajo le descubrieron que tenía algo más que el resto de los mortales. Era la cola de cerdo. Amaranta Ursula era hija de Fernanda del Carpio y Aureliano Segundo. Aureliano descubriría después, en los manuscritos del gitano Melquíades, que Amaranta Ursula era su tía.  

"Navegante en tierra firme"




 Por JOSE MIGUEL ALZATE

El título de este artículo es el mismo que lleva el último libro publicado por el penalista César Montoya Ocampo. En sus páginas se recogen los mejores artículos de corte literario publicados por el escritor oriundo de Aranzazu en su columna de todos los jueves en este diario. Son notas donde aflora el pensamiento de un hombre que, después de retirarse del ejercicio de su profesión, ha hecho de la escritura un nuevo proyecto de vida. Su experiencia como lector, su dominio de la palabra, sus preocupaciones metafísicas,  sus ideas sobre el arte de escribir y su admiración sin horarios hacia ese ícono de las letras que es Miguel de Cervantes Saavedra están consignadas en las páginas de este libro que se lee de un solo tirón, degustando esa prosa rica en frases con sentido lírico. 

En “Navegante en tierra firme” está la impronta de un escritor que ha tomado la palabra como instrumento para expresar su asombro frente a la belleza, sea esta en el terreno femenino, en la creación literaria o en el embrujo del paisaje. César  Montoya Ocampo tiene la sensibilidad artística suficiente para dibujar con su pluma, en forma magistral, tanto el cuerpo de una mujer como el ambiente bucólico de una vivienda campesina. En su prosa se descubre esa facilidad que tiene para describir los rasgos físicos de una persona. Cuando describe el rostro de alguien se advierte ese minucioso trabajo de fijamiento en aspectos tan sencillos como el sonido de la sonrisa, la forma cómo abre los labios para pronunciar palabras o la manera como mueve las cejas para transmitir asombro.

Cuando se habla sobre el estilo literario de César Montoya Ocampo es importante recalcar en cómo cada artículo suyo tiene ese acabado de perfección literaria que solo una gran pluma puede darle a cuanto escribe. Su prosa, que es cantarina, alegre, exultante, reúne los elementos que hacen perdurable un escrito: ágil manejo del idioma, riqueza de vocabulario, ausencia de frases cacofónicas, excelente elaboración de las oraciones, escasez de anáforas, dominio de la sintaxis y respeto por las normas gramaticales. Pocas veces uno encuentra en sus textos problemas de construcción de la frase. Siempre el complemento verbal aparece en su prosa como un requerimiento del estilo, no como un elemento para darle sonoridad a la oración. 

En este nuevo libro de César Montoya Ocampo el lector se encuentra con algo que es una constante en su estilo de escribir: el uso del adjetivo El escritor es consciente de que no es capaz de despojarse de este recurso del idioma cuando se enfrenta al papel en blanco. Esto lo ha llevado a decirles a quienes critican su estilo de alambicado que el adjetivo es a la prosa lo que la corbata al vestido: entona, hermosea, adorna, luce, realza, complementa. En este sentido, afirma: “somos muchos los disidentes que enarbolamos a su majestad el adjetivo como rey en la creación literaria”. En sus artículos el adjetivo no aparece por simple capricho retórico sino porque la oración lo exige para darle acabado estético. El autor sabe en qué momento debe insertarlo en el texto.

En “Navegante en tierra firme” aparecen notas que confirman la pasión de César Montoya Ocampo por los clásicos, esos autores que desde su lejana infancia le abrieron postigos de asombro a su inquietud mental. El título del libro habla de un argonauta que ha navegado hacia el conocimiento sobre las páginas de los libros,  desde ese puerto en tierra firme que es su biblioteca. Como navegante, lleva hacia el mar de sus sueños, asentados sus pies en la tierra, el equipaje de su erudición, alcanzada en horas de intensa lectura. En el prólogo, Hugo Tovar Marroquín dice: “el título, de por sí, presagia la hondura que rezuma cada una de sus páginas”. Y el escritor Rubén Darío Toro dijo: “Montoya es un marinero que ha dejado la mar para conducir por tierra, como Maqroll el Gaviero, la nave de sus conocimientos”.  

“Navegante en tierra firme” es un compendio de las preocupaciones temáticas de César Montoya Ocampo, un tributo de admiración a la cultura helénica, una puerta abierta para entrar en el universo de autores como Esquilo, Eurípides, Sófocles, Suetonio, Homero y Virgilio. Es también un libro para entender cómo una mujer produce en el corazón del hombre terremotos extraños, o cómo los perros se convierten  en miembros importantes del clan familiar, o cómo los libros sacuden con fuerza volcánica el alma. En este libro el autor nos enseña cómo Tiresias, en “Edipo Rey”, logra sobrellevar su angustia existencial, y cómo Zeus permitió que los Aqueos destruyeran la ciudad de Priamo, y cómo Aquiles huye cuando las aguas del río Escamandro amenazan con arrastrarlo.

Angel María Ocampo: entre la historia y el ensayo




Por JOSE MIGUEL ALZATE

Me ha pedido el historiador Angel María Ocampo Cardona que escriba el prólogo para un nuevo libro suyo, Paisajes inexplorados de la historia caldense, una obra donde el investigador que es este hijo de Marquetalia explora sobre aspectos conocidos de la historia de este departamento fundado mediante la ley 17 del 11 de abril de 1905, firmada por el entonces Presidente de la República, general Rafael Reyes. Debo entonces iniciar esta introducción al libro diciendo algo que hace mucho tiempo he querido expresar: que en el trabajo literario de Angel María Ocampo convergen dos géneros que el escritor maneja con maestría. Uno es el historiador que busca a través de la investigación hacer claridad sobre sucesos que marcaron una comunidad; otro es el ensayista de estilo aquilatado que hurga en el trabajo de los escritores para encontrar las claves de su producción literaria. 

Quiero explicar en este párrafo por qué razón me atrevo a decir que en el alma de Angel María Ocampo Cardona habita un excelente escritor. Cuando leí su ensayo sobre Bernardo Arias Trujillo, que fue premiado en un concurso de literatura caldense, me sorprendió encontrar en esas páginas a un conocedor profundo de la obra del autor caldense fallecido el 4 de marzo de 1938 víctima de una sobredosis de barbitúricos. Encontré allí, en ese texto que años después reeditaría bajo el título de “Pasión y patria, en torno a Bernardo Arias Trujillo”, a un ensayista que con un lenguaje preciso muestra al autor de la novela "Risaralda" en toda su dimensión humana. Angel María Ocampo le enseña al lector de qué se nutre la narrativa de Arias Trujillo, cuáles fueron sus preocupaciones temáticas, de dónde viene la fuerza poética de su prosa, por qué el suyo fue un corazón atormentado. La lectura de este libro me reveló a un ensayista con la profundidad filosófica de Ernesto Volkening y el dominio del contexto histórico de Otto Morales Benítez.

Después de la lectura de ese libro para mi revelador de la personalidad literaria de Angel María Ocampo, quise conocer sus otros trabajos intelectuales. Y, para sorpresa mía, me encuentro con sus libros Marquetalia, su historia y su cultura y Dios bendijo la Villa del sol. El primero es la historia de su pueblo natal contada en un lenguaje limpio, retrotrayéndose al tiempo para contar cómo surgió el poblado y qué factores influyeron en su fundación. El segundo es la biografía del sacerdote Antonio María Hincapié, un líder que con su carácter forjó el desarrollo de Marquetalia y, además, sentó las bases para que la educación en el municipio fuera una preocupación de la clase dirigente. Estos dos libros me revelaron a un historiador que hurga en archivos para sustentar sus verdades sobre la historia de un pueblo que construyó su presente gracias al civismo de un sacerdote que, para superar una etapa de violencia, supo conducir a los ciudadanos por los caminos del entendimiento. 

Con la lectura de estos tres libros pude darme cuenta de que estaba frente a un escritor que maneja el idioma con precisión en dos géneros literarios distintos: la historia y el ensayo. Como historiador, su prosa se nutre de datos y fechas que le muestran al lector cómo ha sido el desarrollo de los pueblos. Además de datos importantes sobre el acontecer de la comunidad historiada, Angel María Ocampo aporta en sus textos nuevas teorías sobre la investigación histórica. Va al fondo de los temas, tratando de encontrar relación entre los hechos, buscando siempre el dato escondido, escribiendo con la certeza de que ha investigado a fondo el tema y sus precedentes. Como ensayista, no se queda en el esbozo simple de una obra literaria sino que busca en la personalidad misma del escritor la razón de su creación. Si en los textos de carácter histórico aborda con conocimiento el contexto geográfico, en los ensayos busca el contexto histórico para ubicar las obras en su tiempo. Al escribir sobre historia agota las posibilidades de aportar datos nuevos. Cuando escribe sobre literatura fluye el escritor que tiene dominio del arte de escribir. 

Paisajes inexplorados de la historia caldense confirma las grandes aptitudes de Angel María Ocampo Cardona para escribir historia. Los doce capítulos que conforman este libro están trabajados con disciplina intelectual, con rigorismo investigativo, con riqueza de datos comprobables. Cuando aborda el tema de los tiempos de la conquista para mostrarle al lector qué tribus habitaron la geografía caldense lo hace con rigor de científico, yendo a las fuentes para desentrañar el pasado indígena, las costumbres de los primeros pobladores de la región y el aporte que cada tribu hizo para la consolidación de sus espacios. Llama la atención en este punto su interés en descubrir el verdadero nombre de las tribus que habitaron el oriente del departamento.  En este sentido, se inclina por llamar Patangoros a los indios que los historiadores denominaron Pantágoras. Coincide en este nombre con Albeiro Valencia Llano. Sobre los indios Marquetones sostiene la idea de que el nombre se enraizó por factores de pronunciación, señalando que fue un derivado de Mariquities. 

Muchos tópicos importantes trata este libro. Por ejemplo, aclara que Núñez, el primer nombre que tuvo el Municipio de Marquetalia, se le puso como un homenaje a Rafael Núñez, el regenerador, no como un reconocimiento a Francisco Núñez de Pedrozo, el conquistador que persiguió a las tribus que se asentaron en su territorio. Sobre el proceso de fundación del poblado dice que fue una prolongación de la colonización antioqueña. Todo porque personas que llegaron al norte de Caldas emigraron después hacia estas tierras para consolidar la fundación de varios pueblos. Reconoce, sin embargo, el aporte tolimense y caucano en el proceso poblador de todos los municipios del oriente caldense, destacando que mineros, agricultores y comerciantes tuvieron fuerte incidencia en la formación de sus comunidades. 

El aporte que ha hecho Ocampo Cardona para el conocimiento de la historia de Caldas es importante. Los antecedentes indígenas, el proceso colonizador, la fundación de los pueblos, el fortalecimiento de la educación, los sucesos violentos, la influencia religiosa, los movimientos culturales y el desarrollo económico son temas que el historiador aborda para mostrar cómo se hizo posible el surgimiento de estos municipios. En el libro no podía quedar por fuera lo que significó La masacre de la Italia, ejecutada el 5 de agosto de 1963 por el temible bandolero Desquite, alias de José William Aranguren, que dejó 39 ciudadanos asesinados. Tampoco lo que representó para Marquetalia el maestro Ramón Cardona García, asesinado en la época de la violencia partidista, En el caso de La masacre de la Italia Angel María Ocampo afirma que el hecho fue cometido como represalia por el asesinato de Manuel Salvador Castro, el 16 de agosto de 1959. Desquite había jurado vengar la muerte de este ciudadano liberal que se desempeñaba como Secretario de la Alcaldía. 

Paisajes inexplorados de la historia caldense abre nuevas interpretaciones sobre el devenir histórico del departamento, enseña lo que ha representado la región del oriente en su historia, aclara hechos que están grabados en la mente de los ciudadanos. Angel María Ocampo Cardona rescata del olvido sucesos que deben permanecer en el recuerdo de los pobladores de estos municipios por lo que representan como sucesos  que marcaron su pasado.  Esta obra responde a las expectativas que, como lector, en mi había despertado el escritor oriundo de Marquetalia después de leer su libro Posiblemente ignorados. Me atrevo a decir que en Ocampo Cardona tiene este municipio una figura literaria de alto vuelo por la calidad de su prosa y su disciplina investigativa. Cierro con estas palabras de César Montoya Ocampo, escritas después de leer el libro de Ocampo Cardona sobre Arias Trujillo “¡Qué estudio de tan extenuantes sondeos en los anaqueles, y qué estilo tan depurado!”